Cortesía de: José Jaime Araujo

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2000-2002.

Por: Diego Díaz Martín, Presidente de VITALIS

Algunas carreteras venezolanas se están convirtiendo en centros de expendio de animales silvestres, donde por sumas de veinte hasta cien mil bolívares, se puede adquirir desde perezas hasta araguatos. Lo que desconocen estos “clientes de la vida silvestre”, es que además de realizar una actividad ilegal que puede ser penalizada, con su compra están acelerando la muerte del animal.

Pocas personas saben que para poder apartar de su mamá a un bebé pereza o araguato, los saqueadores (pues no hay otra forma de definirlos) han debido matarla, pues la naturaleza es sabia y no se entrega con facilidad a los desmanes de los seres humanos, quienes a veces demostramos una gran incapacidad para relacionarnos con los demás seres de este planeta, de quienes dependemos para subsistir.

Como si esto fuera poco, en la mayoría de los casos, estos animales son incapaces de sobrevivir fuera de su hábitat, pues simplemente no están preparados para ello. Es bien sabido, por ejemplo, cómo se han venido incrementando en las consultas de los veterinarios las visitas de decenas de “clientes silvestres” cuyas buenas intenciones no fueron suficientes para evitar que sus perezas mascotas cayeran en procesos irreversibles de deshidratación, estrés y politraumatismos por una inapropiada manipulación. Después de todo, a menos que uno tenga una selva nublada sembrada de yagrumos en su balcón, sería muy difícil garantizarle una apropiada alimentación a una pereza.

Y es que la inmensa mayoría de los animales silvestres no son buenas mascotas. Recordemos que ellos están habituados a su medio natural, donde encuentran todos los requerimientos para crecer, desarrollarse y reproducirse.

Pese a todo ello, cada vez es más común observar en las carreteras a oriente a la altura de Barlovento, Clarines y hasta Puerto Píritu, así como en las troncales Falcón-Zulia y hasta en carreteras nacionales como el Parque Nacional Guatopo, como decenas de comerciantes ilegales, en su gran mayoría jóvenes, venden con éxito miles de animales al año, que van desde Cardenalitos en el occidente del país, perezas y araguatos en el centro y oriente y loros, pericos y guacamayas, en regiones como el Delta del Orinoco. Culebras tragavenados y hasta varias especies de arañas también han comenzado a estar en los gustos de los adolescentes, quienes quizás sin saberlo, están convirtiéndose en cómplices silentes de nuestra incapacidad para convivir con el resto de los seres vivos, arriesgando con sus actos nuestra vida y la del animal.

El problema es tan grave que el comercio de la vida silvestre se ha convertido en la tercera opción comercial más diseminada en el mundo, detrás del de las drogas y las armas.

La labor de las autoridades en el control de esta actividad, aunque muy limitada, nunca será suficiente si la demanda continúa. Sólo individuos informados y responsables podrían acabar con esta clientela silvestre, que poco a poco, queriendo o sin querer, han contribuido a saquear nuestros invalorables tesoros.

 

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