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2000-2002.

Por Diego Díaz Martín, Presidente de VITALIS

De acuerdo a un estudio desarrollado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, según sus siglas en inglés), durante los últimos 50 años, el volumen del comercio mundial ha crecido una media de un seis por cierto anual. En la actualidad alcanza un nivel 14 veces superior al que tenía en 1.950, debido en gran parte a la eliminación de barreras comerciales tales como tarifas, cuotas de importación y demás restricciones.

Este estudio, sin embargo, evidencia como durante este mismo período la diversidad de animales, plantas y ecosistemas se ha reducido dramáticamente en más de un 30%, además de los crecientes niveles de contaminación que han incidido notoriamente en la calidad de vida de los seres humanos, con la subsecuente pérdida de recursos naturales que bien pudieran ser utilizados como alimentos o medicinas, entre decenas de otros usos.

Pareciera que en este proceso de globalización de los mercados, se han logrado crear, mantener y desarrollar canales y vínculos que faciliten el comercio y las inversiones, pero que desafortunadamente, no han logrado producir resultados sostenibles para garantizar la conservación de los recursos naturales y el sostenimiento de los procesos ecológicos esenciales.

Basta con observar la brecha existente entre los países más pobres y los más ricos, que han comenzado a desplazarse en dos polos opuestos en los cuales pocos son los escenarios coincidentes para acometer retos comunes en la defensa, mejoramiento y conservación del ambiente, en beneficio de la presente y futuras generaciones.

Un estudio llevado a cabo por el Banco Mundial predijo que mientras los acuerdos de la Ronda de Uruguay del GATT aumentarían el PIB mundial en 200 mil millones de dólares americanos, los países del África Subsahariana podrían terminar empeorando al perder sus acuerdos aduaneros con los países más ricos. Todo ello hace pensar que han sido los países ricos los que más han sido beneficiados de la liberalización comercial, pese a las enormes posibilidades de inversión existentes en muchas naciones pobres.

La política comercial y las normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC) son importantes para la conservación ambiental y el desarrollo sostenible. Los cambios en los precios de los bienes con los que se comercia, la apertura de nuevos mercados, la creación de nuevos productos y la eliminación de las restricciones comerciales, por lo general influyen en los patrones de producción y consumo de los recursos naturales. En otras palabras, las normas comerciales pueden influir directamente en las políticas ambientales, al ser interpretadas como “barreras para el desarrollo” u “oportunidades para la inversión sostenible”.

Recordemos que en su propia carta constitucional, la OMC establece como mandato el fomento de un tipo de comercio ambientalmente responsable que promueva el desarrollo sostenible. Sin embargo, pese a que el comercio mundial ha crecido exponencialmente durante los últimos 50 años, más deprisa que ninguna otra actividad económica, los indicadores de sostenibilidad ambiental reflejan dramáticos descensos en la disponibilidad y distribución equitativa de los bienes y servicios ambientales para la población.

El comercio y el desarrollo no pueden ser vistos como conceptos antagónicos. El sistema internacional de inversiones debe respaldar la sostenibilidad de la vida en la tierra, única garantía para el desenvolvimiento de una fructífera asociación, en el cual los seres humanos podamos mejorar nuestra calidad de vida, en armonía con el resto de los seres vivos de nuestro planeta.

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