Recientemente concluyó en Buenos Aires una
nueva ronda de negociaciones internacionales relativa al tema del cambio del
clima, en la que se abordaron numerosos temas, pero no se alcanzaron logros
significativos. Ello no debe sorprender a nadie, porque la lentitud ha sido
la tónica de estas negociaciones desde sus inicios. Muestra de ello es que
el texto del Protocolo de Kyoto, que es el primer instrumento de la
Convención de Cambio Climático que compromete a los países desarrollados a
cumplir metas moderadas de reducción de sus emisiones de gases de efecto
invernadero, se terminó de redactar en diciembre de 1997, y no es sino
ahora, el 16 de febrero de 2005, algo más de siete años después, cuando este
Protocolo comenzará a entrará en vigor, haciendo obligatorio su cumplimiento
para el 2012. Más aún, las negociaciones para que se lograse la entrada en
vigor del Protocolo fueron bastante arduas y pasaron por momentos de mucha
incertidumbre desde el año 2001, cuando formalmente USA hizo manifiesto su
rechazo al mismo. No obstante, la condición para la entrada en vigor del
Protocolo, consistente en que fuese ratificado por un número de países cuyas
emisiones representen el 55% del total de las emisiones de dióxido de
carbono del mundo desarrollado en 1990, se cumplió recientemente, con la
ratificación de Rusia, después de un largo período de espera.
Ahora las negociaciones internacionales
deberían encaminarse a buscar la manera de incrementar los esfuerzos de
reducción de las emisiones de gases de invernadero más allá del año 2012,
fecha en que deberán cumplirse los compromisos del Protocolo de Kyoto. Sin
embargo, la reunión de Buenos Aires apenas sirvió para que se acordasen
algunos aspectos técnicos relativos al manejo de los proyectos de aforestación
y reforestación, para la absorción de dióxido de carbono, la adopción de un
plan de trabajo para la adaptación al cambio de clima y convenir en llevar a
cabo un seminario en mayo de 2005, para discutir la realización de posibles
esfuerzos futuros, advirtiendo explícitamente que tales discusiones no han de
entenderse como una negociación que conduzca a nuevos compromisos para los
países.
El lento desarrollo observado en las
negociaciones diplomáticas no parece estar en consonancia con las
apreciaciones del mundo científico, para quien el cambio climático es y será
durante un buen tiempo una de las preocupaciones ambientales mundiales más
importante, que debe ser debidamente atendida. Aun cuando persisten
incertidumbre con respecto a cuando y donde se producirán los efectos más
adversos del calentamiento en el planeta, la gran mayoría de los estudiosos
del clima mundial coinciden afirmativamente en tres puntos: el primero es que
la tierra efectivamente se está calentando lentamente, el segundo, que la
causa principal de tal calentamiento es el consumo de combustibles fósiles
(carbón, petróleo y gas) y por último, que si no se actúa ahora mismo para
reducir las emisiones, el problema del calentamiento global será más grave. La
permanencia de los gases emitidos en la atmósfera es muy prolongada: 50 a 200
años para el dióxido de carbono, 10 para el metano y 150 para el óxido
nitroso, en consecuencia, la reducción de emisiones que pudiera hacerse hoy,
no surtirá efecto en la reducción del potencial de calentamiento del planeta
sino a mediano y largo plazo, y de allí el sentido de urgencia en la búsqueda
de soluciones. ¿Acaso las inundaciones registradas en China, la ola de calor
que azotó a Europa y la intensidad de los huracanes en el Caribe, que han
ocasionado tantas pérdidas materiales y de vidas humanas en años recientes, no
son una muestra de desastres mayores por venir?
Las políticas y medidas para reducir las
emisiones en el corto plazo apuntan a las inversiones que incrementen la
eficiencia en el uso de la energía, para lo cual numerosas tecnologías ya
están disponibles tanto en el mundo desarrollado, como en los países en
desarrollo. En términos generales, los dos sectores que más contribuyen a la
generación de emisiones de gases, y en donde se deberían adoptar estas
tecnologías, son el transporte y la generación de energía.
En el caso de USA, por ejemplo, el consumo de
combustibles para el transporte genera el 30% de la emisión total de gases de
invernadero, mientras que la generación de electricidad, que utiliza
fundamentalmente el carbón como combustible, aporta el 40%. Curiosamente, la
industria del automóvil en USA y a escala global, se encuentra altamente
concentrada: apenas 10 firmas fabricantes poseen el 75% del mercado. Si la
reducción de emisiones de los vehículos entrase en los esquemas de
competitividad de estas empresas, mucho pudiera lograrse, pero este es un
estímulo que quizás deba provenir desde el mercado mismo, para que pueda
hacerse efectivo. El sector de generación eléctrica, por el contrario, se
encuentra muy atomizado en USA y en general en los países desarrollados:
existen numerosas plantas, empresas y tecnologías como para pretender que
entre estas puedan acordarse esfuerzos comunes, y por ello, el aporte en este
sector debería orientarse al cambio de fuente energética. Por ejemplo, el uso
de gas natural en sustitución del carbón puede reducir las emisiones de las
plantas termoeléctricas en hasta el 40%. Sin embargo, con el fin de no seguir
incrementando su dependencia energética de suministros externos, en USA casi
todas las nuevas plantas termoeléctricas previstas a futuro, funcionarán con
carbón.
El caso de Venezuela es distinto: como país
en vías de desarrollo, es difícil pedirle a Venezuela que considere el cambio
climático como un asunto meramente ambiental, es cierto que la reducción de
emisiones va a conducir a una disminución de la demanda de combustibles
fósiles, y ello incluye al petróleo, que es su principal producto de
exportación y sustento de su economía. Este efecto adverso debe ser objeto de
consideración en el proceso de las negociaciones, a objeto de su mitigación,
entre otras cosas, porque el texto de la Convención y del Protocolo así lo
establecen, pero muy poco se ha avanzado al respecto hasta el presente. A su
vez, también existen en Venezuela oportunidades para la reducción de
emisiones, aunque en cantidades moderadas. Ello es así porque las emisiones
gases de invernadero de Venezuela son también moderadas. Por ejemplo, con
respecto al dióxido de carbono, principal gas de invernadero, las emisiones
nacionales son apenas el 0,48% del total mundial, lo cual se explica porque el
70% de la generación de electricidad en Venezuela proviene de centrales
hidroeléctricas, y el 30% restante se genera en plantas termoeléctricas que
consumen gas. Así mismo, el gas es el combustible preferente para satisfacer
la demanda de los sectores industriales, comerciales y doméstico. En otras
palabras, el consumo energético en Venezuela utiliza mayoritariamente
combustibles limpios.
El inventario nacional de emisiones del año
1999 muestra que el 76,8% de estas, expresadas como emisiones de CO2
equivalente, provienen del sector energético, repartidas en 55,1% por
la quema de combustibles fósiles, principalmente en el transporte y en las
industrias de la energía, y 21,7% por los venteos de gas a la atmósfera en los
campos de producción petrolera (Figura 1). Otras emisiones de gases de
invernadero se producen por actividades agrícolas (14,9%) procesos
industriales (4,9%) y por el manejo de desechos (3,3%)
Estos porcentajes permiten identificar los
sectores donde existen oportunidades para la reducción de emisiones, las
cuales en su mayoría derivan de la obsolescencia de las tecnologías y
prácticas utilizadas. Por ejemplo, en el sector transporte, dónde con sólo
ordenar este sector, haciendo más confortable, seguro y confiable al
transporte público, muchos usuarios de vehículos personales se cambiarían al
transporte público, reduciendo la circulación de vehículos, con lo cual se
mejora el tráfico, a la vez que se reducen las emisiones. Otras iniciativas
posibles son la implantación de un programa de inspección y mantenimiento para
los vehículos, porque un vehículo bien mantenido emite mucho menos que un
vehículo desajustado, y propiciar un mayor uso del gas natural comprimido como
combustible vehicular. En el sector petrolero, la recolección y uso del gas
que se ventea en los campos productores convertiría en dióxido de carbono las
emisiones de metano, que es un gas con un poder de calentamiento global 21
veces superior al del dióxido de carbono. El reciclaje de desechos orgánicos
es otra oportunidad, por cuanto estos desechos se descomponen en los rellenos
sanitarios y botaderos de basura, generando metano. En Caracas y otras
ciudades se han realizado esfuerzos de reciclaje de basura puntuales y
aislados, sin que se haya previsto hasta ahora un plan concertado más
ambicioso entre autoridades, comunidad y empresas. También en el sector
forestal existen oportunidades de reducción de emisiones mediante la reducción
de la deforestación y el desarrollo de plantaciones forestales que absorben el
dióxido de carbono del aire. Todas estas opciones poseen el atractivo de
generar beneficios locales simultáneos, bien sea por la disminución de las
emisiones de otro tipo de contaminantes al utilizarse más eficientemente los
combustibles fósiles, la creación de empleos, la conservación de recursos
naturales, el ahorro energético, la reducción de costos y la mejora del
paisaje, entre otros.
Resulta por ello inexplicable que no se le
esté prestando más atención al tema del cambio climático ni en el mundo
desarrollado, salvo honrosas excepciones de algunos países europeos, ni en los
países en desarrollo. Se está dejando esta importante tarea para después y,
con ello, pudieran estarse corriendo riesgos de consecuencias incalculables, a
la vez que se pierden oportunidades para construir una mejor calidad de vida.