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Volver Volver… con la frente marchita, las nieves del tiempo blanquearon mi sien. Sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada….. Carlos Gardel y Alfredo Le Pera Por Manuel Alejandro Prado, Ing. Ambiental. Aliado Profesional
de VITALIS El día 27 de enero de 1981 entré por primera vez a recorrer el camino que conducía a Playa Campanero. Luego de dejar la bulliciosa Autopista de la Costa, tomamos una angosta y sinuosa carretera de 12 km de largo, hecha con granza y tierra compacta. Era la única vía posible para llegar a esa prístina playa. Por la margen derecha, cedros, cacaos, samanes y bucares vigorosos apenas dejaban pasar los rayos de luz solar. En tanto, por la margen izquierda del camino, discurría un pedregoso y caudaloso rió que guiaba sus aguas frescas al encuentro con el mar. A mitad del camino nos detuvimos súbitamente para evitar la colisión con una pereza. La sorpresa fue mutua. Mientras ella huía asustadiza a la increíble velocidad de medio kilómetro por hora, nosotros observamos con agrado cómo esa masa de pelos se escondía entre la fronda. La vista del paisaje se hacía cada vez más bucólica. Muy en especial, cuando el camino se cruzó con el río. En su remanso encontramos a un anciano, quien trataba de arriar a tres mulas y a un perro resabiado deseoso de no salirse del agua.
Dicho y hecho… Minutos mas tarde, las olas se dejaron oír para anunciar la entrada a una hermosa playa, con esbeltas palmeras, arena suave y brisa fresca. El día 27 de enero de 2001, veinte años después, entré por segunda vez a recorrer el camino que conducía a Playa Campanero. Doce kilómetros de carretera asfaltada, moteada por baches, atravesada por grietas y flanqueada por basura a ambos lados, era el único camino que servía de conexión con Campanero. En la margen derecha sólo se distinguían los tarantines de zinc y ventas de fritangas. Al fondo, una niebla ocre apenas dejaba ver la existencia de una inmensa barriada. La polvareda, arrastrada por la fuerte brisa, se paseaba libre y constante, sin que ella pudiera encontrar ningún árbol capaz de retener su incomoda carga. A nuestra margen izquierda observamos un rosario de piedras. Unicas herederas de un pasado bucólico, las cuales trenzaban el paso de un diminuto hilo de agua de incierta pureza. Gracias a los buenos reflejos del conductor, el zagaletón que se nos atravesó en el camino no fue atropellado por el vehículo. Así como apareció, así también se esfumó. Nos detuvimos un instante para pasar el susto, mientras que unos transeúntes nos informaban que la gacela humana que habíamos visto, acababa de asaltar a una de las treinta licorerías discurrentes a lo largo del camino. Al paso de una hondonada, un mecate sostenido por un grupo de lugareños hizo detener nuevamente nuestro carro. El más parlanchín de ellos, luego de una perorata, pidió una colaboración para celebrar las fiestas de carnaval y la coronación de Yuribixeydis I. En ese instante recordé que el sitio escogido por la alcabala pedigüeña, era el mismo lugar donde una vez encontré a un anciano, dueño de tres mulas y de un perro resabiado. No reconocí el paraje, ya que cinco carros desvalijados opacaban su pretérita belleza. La memoria me indicaba que Campanero estaba cerca. Sin embargo, no recordaba bien que tan próximo nos hablábamos.
Dicho y hecho… Minutos mas tarde, la música estridente y distorsionada por el viento se dejó escuchar para anunciar la entrada a la ranchería Campanero, antiguo lugar de playa, con esbeltas palmeras, arena suave y brisa fresca. Eramos el primer contingente de sanitaristas que llegaba al sitio con la misión implícita de poder controlar la grave epidemia de disentería. Sólo espero que Yuribixeidis por lo menos goce de buena salud.
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