En búsqueda de la conducta

Por Cristian Frers (*)

Técnico Superior en Comunicación Social, Estudiante de segundo año de la carrera: Técnico Superior en Gestión Ambiental.

 

Cuando los hombres resuelvan el problema de su propia existencia, la vida inteligente sobre el planeta alcanzará su mayoría de edad. Si alguna vez visitan la Tierra criaturas superiores procedentes del espacio, la primera pregunta que formularán, con el fin de valorar el nivel de nuestra civilización, será: Han descubierto, ya , la evolución?

No se necesita ser un experimentado naturalista para constatar el magnífico espectáculo del mundo viviente. En éste se encuentran bacterias inferiores, hongos, plantas y animales. Se han descripto cerca de dos millones de especies de organismos, pero muchos más, probablemente varios millones, quedan por descubrir y estudiar. La ciencia ha constatado que todos los organismos están compuestos por células; algunos, por una sola célula, y otros -como el hombre- por billones de células. Han analizado esas células en el hombre, en los animales y en las plantas y han comprobado que su estructura y composición química es siempre similar: todas las células contienen determinadas moléculas gigantes que sólo se producen en los organismos vivos: los ácidos nucléicos y las proteínas. Estos fueron la clave de la vida, ya que se convirtieron en los soportes de la información, por la cual un conjunto de moléculas se reproducía en forma igual a sí misma.

Más sorprendente que el número absoluto de especies es su diversidad de tamaño, estructura y forma, modo de vida y habitat. Donde quiera que se mire se encuentra algun tipo de vida aplicada con diligencia a la función de sobrevivir, ya sea en algo de tierra o en una gota de agua, en las alturas o en las profundidades, en el cálido clima o en la tundra helada, en el árido desierto o en los vapores de la selva. La evolución parece haber encontrado un lugar para cualquier forma imaginable de vida. Utiliza cualquier forma de sentir, moverse, comunicarse, amar, luchar, protegerse y reproducirse. Puesto que en este planeta encontramos miles de seres que se desplazan torpemente, otros que se arrastran, flotan, ascienden en el aire, nadan, caminan, galopan o simplemente permanecen quietos y crecen verticalmente durante siglos. Algunos pesan cien toneladas, pero la mayor parte son inferiores a una milmillonésima de gramo. Existen organismos que pueden ver en el infrarrojo o en el ultravioleta y seres ciegos que detectan, envueltos en sí mismos, su entorno en un campo eléctrico. Algunos recogen luz solar y aire, otros son plácidos animales hervíboros, otros cazan a sus presas con garras, colmillos o venenos neurológicos. Algunos viven apenas una hora y ciertos especímenes más de mil años. Su armonía con el medio ambiente es sorprendente. Incluso los microbios están lejos de parecer inútiles: son capaces de aprender de la experiencia. Y los humanos -la vida dominante en la actualidad- han penetrado hasta las regiones más remotas de su mundo, alterando su superficie y, vacilantemente, paseando por el espacio.

Si hablamos de la conducta, su evolución sigue la escala de los animales vivientes, desde el más simple al más elevado. Considerando asimismo los cambios del comportamiento en el curso de la vida de un individuo, observamos que la evolución de la conducta marcha paralela a la evolución de los caracteres físicos. En otras palabras, la conducta sólo puede intepretarse de manera razonable a la luz de una síntesis de las dos caras de la moneda: física y aprendizaje. Así es como muchas acciones y modelos de conducta en los animales superiores pueden reconocerse retrocediendo a lo largo de la escala animal.

La conducta de muchos animales es muy compleja y a menudo difícil de interpretar. La respuesta de un animal a una situación está limitada por su estructura física y el grado de desarrollo de su sistema nervioso. Su conducta está regida por los procesos evolutivos que han formado la especie a la cual pertenece.

Podemos comparar el comportamiento con una complicada máquina dotada de innumerables engranajes, desde los más grandes hasta los infinitamente pequeños. Podemos estudiar por separado la acción de cada engranaje pero no podemos perder de vista que cada uno de ellos depende de la actividad de todos los otros, y -al trabajar- cada pieza ha de coordinarse con el resto. Debemos tomar conciencia que el ser vivo constituye una totalidad, que no podemos disociarlo sin destruirlo. Si algunos gusanos seccionados manifiestan la capacidad de regenerarse a partir de cada uno de sus fragmentos, ya no es un ser vivo lo que tenemos ante nuestros ojos sino un grupo de seres vivos mutilados que inician inmediatamente su reorganización íntima y su reconstrucción. El ser vivo es un todo formado por elementos dispares, a los que nada predestinaba para el lugar que ocupan; es imposible concebir un ser vivo constituido por un bloque homogéneo de mármol, de hierro o de glucosa. Necesita de una íntima diversidad; el secreto de la vida consiste en dar unidad a este conglomerado heterogéneo. Sin embargo, la mente humana es capaz de convencerse a sí misma que el blanco es negro y viceversa; dadas las características de la sociedad moderna, las pequeñas diferencias se convierten en incompatibilidades insalvables.

Sería bueno entender que los seres humanos no estamos compuestos de dos rebanadas superpuestas, una natural y otra psíquica. Ninguna muralla china separa nuestra parte mental de nuestra parte animal. Cuando los caminos de las conductas adquiridas se complican reviven en el hombre comportamientos innatos. Frente a la inseguridad, nuestas conductas genéticas toman la iniciativa. En momentos de desocupación, de empleo precario, cuando se tiene la impresión de vivir en una jungla está bien que el animal dormido que llevamos adentro nos proteja. Es lógico, cuando fracasan el gobierno, la policía y la escuela que regresemos a nuestros orígenes donde el tejido de una red de protección es más fácil. Es hora de que el ser humano regrese a "revuelver la sopa de avena". Este acto es humilde; ni excitante ni estremecedor. Representa la disposición de compartir la vida humana corriente y a encontrar significados en tareas simples: ganarse la vida, vivir de acuerdo con un presupuesto, sacar la basura, alimentar al bebe en medio de la noche. Significa encontrar el vínculo, el valor y hasta la belleza en cosas sencillas y ordinarias.

Está bien que dejemos actuar a nuestra conducta innata para sobrevivir en una sociedad, puesto que ellos son una guía segura. Conviene aprender a tenerles confianza, cuando toda nuestra educación consiste precisamente en ponerles freno.

 

(*) Dirección: Tte. Gral. Juan D.Perón 2049 7º "55". (1040) Capital Federal. República Argentina. Tel: 4953-5696. Celular: 15 5 137-4006, E-mail: cristian_frers@clarinmail.com

 

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